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Zhu Chunyi
"El volumen de ventas es, a día de hoy, un 20% inferior al del año
pasado", explica Zhu Chunyi, "y tal y como está la situación, no
esperamos un empujón de última hora". Aprieta el estómago de la Princesa
Jingxin, una muñeca de aspecto regordete que emite desde sus entrañas plásticas
una grabación en español. La comerciante explica: "Tenemos muy buenos clientes
en España, pero este año han reducido sus pedidos". Igual que han hecho, dice
Shi, otros compradores europeos y americanos.
"Parece mentira lo rápido que pueden cambiar las cosas. En este momento,
los únicos visitantes que llegan vienen de la India u Oriente Medio".
Su apreciación resulta fácil de comprobar en los pasillos de la Ciudad
Internacional del Comercio, cuatro pabellones del tamaño de una T4 dedicados a
engrasar la rueda del comercio internacional.
Con más de 30.000 puestos de mayoristas, todos ellos idénticos en tamaño al
de la juguetera Jingxin, este 'mercadillo' de Yiwu vive por y para la
globalización económica. Dicen que si no encuentras aquí lo que buscas, es que
no existe. O que está por inventar. Tal es la oferta que, si uno dedica una
media de 2 minutos a ver la mercancía de cada puesto, no saldría del recinto en
dos meses.
Pero este estremecedor escaparate del 'made in China' presenta estos días un
aspecto desolador: los comerciantes matan tiempo y marcianitos en el ordenador,
muchas trabajadoras se afanan con el punto o el bordado y los más prácticos se
abandonan directamente al sueño, a la sombra de pinos de Navidad de PVC o
figuras de Papá Noel que jamás saldrán de aquí a tiempo.
Con todo, las horas bajas de Yiwu sólo son causa y efecto de un drama de
mayores proporciones que se viene cociendo por detrás. Cadena de producción
arriba, docenas de fábricas cierran un día sí y otro también a lo largo y ancho
de China. "La depreciación del dólar nos ha hecho polvo",
explica Liu a bordo del tren bala que une Shanghai con Zhuji. La primera es el
puerto de salida de muchas de las mercancías. ¿Y Zhuji? Quizás no le suene, pero
con mucha probabilidad los calcetines que lleva puestos salieron de aquí.
Liu es propietario de una fábrica con 800 trabajadores. A finales de enero,
como millones de campesinos más que cambiaron la azada por la cadena de
producción, sus empleados partirán a casa con su trocito de milagro económico.
Pero este año, dice Liu, "no tendré trabajo para algunos a su regreso".
Acosado ya por el encarecimiento de la mano de obra, las materias primas y el
tipo de cambio, el empresario dice que el frenazo en las órdenes de compra ha
acabado por completar el descalabro.
Es en lugares como Yiwu o Zhuji donde resulta patente que la fábrica del
mundo se ha contagiado del constipado en los mercados occidentales. El
responsable de una compañía logística confirma desde Shanghai cómo los envíos de
mercancía se han reducido en los últimos meses: "El coste de enviar un
contenedor de Shanghai a Valencia ha caído un 40% en cinco meses", explica.
"Cuando la situación era boyante, las navieras incrementaron su flota, pero
ahora tienen que reducir precios para poder llenar los barcos". Otra española,
responsable de compras de una empresa de muebles, sostiene que "no hay duda de
que algo va mal". "Antes una fábrica te tardaba en producir 6 semanas. Ahora, en
4 tienes todo acabado", dice.
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