Espansión 
 
 
 
Espansión, diario económico digital
 

Javier Reverte

"Nada ha sucedido importante en el mundo sin que el asunto quedase registrado en Damasco", afirmaba Mark Twain en su libro Inocentes en el Extranjero, crónica de un viaje que el escritor realizó en su juventud por la Europa meridional y Tierra Santa. Verdad o no, se trata de una de las ciudades más antiguas del mundo habitadas en forma continua, según se jactan sus habitantes. Al parecer la fundó un nieto de Noé, tras el disloque del Diluvio, y la pobló de hombres y mujeres en lugar de hacerlo con bichos. Por lo visto, los humanos le tomaron gusto al lugar y todavía siguen habitándolo.

El primer sitio al que conviene asomarse para hacerse una idea de Damasco es el monte Casio, o Qassioun, un imponente murallón calizo y sin vegetación que cierra la urbe por su lado norte. En sus alturas hubo un templo alzado en honor de Baal, el dios arameo antecedente de Zeus-Júpiter, a quien a menudo recuerda la Biblia. También en el Casio libraron su definitiva batalla el furibundo Zeus y el siniestro Tifón, con victoria del primero para bien de los hombres, que escapamos así de la amenaza de las tinieblas. De modo que cuando uno llega arriba, después de una ascensión en un viaje renqueante, parece que estuviera pisando sobre la mismísima osamenta de la Historia y el mito. ¿Por qué tantas peripecias terribles de la mitología acontecen en lo alto de los montes? Tal vez sea la cercanía de los cielos.

Ciudad pintada

Desde lo alto, Damasco se dibuja como una ciudad pintada de color gris por la densa contaminación, punteada por algunos rascacielos modernos de feo diseño, como el del lujoso hotel Four Seasons, y arrimada a las cúpulas venerables de algunas grandes mezquitas, sobre todo la muy famosa de los Omeyas. Lo demás son calles apretadas de edificios sin gracia y, a menudo, pequeños cementerios de barriada, porque en Damasco se convive con los muertos, en recuerdo de un pasado al que la ciudad no renuncia. Hasta arriba llega el clamor histérico del tráfico, la agónica berrea de una urbe en donde la gran mayoría de los semáforos están fuera de uso y en la que cruzar una calle es más peligroso que sufrir una plaga o un bombardeo. Arriba del todo, los cuervos le graznan a los dioses.

Pero así como no está mal, para empezar, ver la ciudad desde el Casio, tampoco es mala idea mirar el Casio desde abajo, contemplar esos barrios de casas polvorienteas que van trepando hacia la cumbre por su faldas empinadas, como si quisieran escapar del agujero del infierno. Por las noches, desde la terraza del Omayad Hotel, las luces de los centenares de chabolas ancladas en la pared del monte parecen un ejército de almas en pena que buscan huir del Hades y ganar el paraíso. En Damasco, como se ve, uno anda todo el día enredado con la Biblia y la mitología.

En las calles del centro de la ciudad nueva, la imagen de El Assad, presidente vitalicio del país, asoma por todas partes. En algunos carteles, con lentes oscuros, parece un anuncio de gafas Ray Ban, mientras que en otros, mirándote a los ojos, dice en inglés: I believe in Syria. Por el gesto, no parece importarle mucho si Siria cree a su vez en él.

Pipa de agua

La gente abarrota los cafetines, en los que se saborea un vasito de té alternándolo con inhalaciones de tabaco de una pipa de agua. Resulta curioso en toda Siria ver que las mujeres se muestran con desparpajo, sin velos de ningún tipo, en lugares públicos fumando el narguilé junto a los hombres. Son las décadas de socialismo laico las que han dado a Siria esta apariencia de aire moderno, que de pronto se derrumba cuando asoma a la calle un grupo de mujeres cubiertas con un chador negro que les oculta a la vista de los otros desde la coronilla a la suela del zapato. En Damasco, el poder es laico, pero el alma de una buena parte de la población es hondamente musulmana.

"El zoco de Damasco, sin ser inmenso o grandilocuente, hinca sus raíces hondamente en la Historia"

La esencia de Damasco reside en su Ciudad Vieja, una extensión de un par de kilómetros cuadrados, todavía amurallada en buena parte, que da cobijo al gran bazar o zoco, a un pequeño barrio cristiano-maronita con iglesia propia, a la gran mezquita Omeya y al mausoleo del gran Saladino, además de albergar a otros pequeños templos musulmanes.

El zoco de Damasco no alcanza la extensión del Khan Khalili cairota ni la grandilocuencia del bazar de Estambul. Pero se nota que hinca sus raíces mucho más hondamente en la Historia, entre otras cosas porque los vendedores no te agobian y se contentan con invitarte amablemente a entrar en su comercio cuando pasas al lado. En la ciudad son famosos los tejidos y el bordado damasquinado, que las caravanas importaban a Europa desde los días de la Ruta de la Seda y que hoy se van haciendo cada día más raros y escasos.

Un mercado, en el universo sirio, no es lo mismo que un centro comercial europeo, sino una forma de convivencia en la que, junto a las tiendas, se encuentran las viviendas privadas, se abren cafés, restaurantes, baños públicos, centros de salud, escuelas, ocasionales pequeños cementerios y lugares de oración. De modo que conviene pasar un día entero recorriendo las callejuelas de sus barrios, sutilmente divididos en función de los gremios de vendedores y de la fe que profesan sus habitantes.

Contrastes

La zona musulmana del zoco de Damasco, que ocupa la gran mayoría de su extensión, es bulliciosa, cargada de olores y no demasiado preocupada por la higiene. Por sus tejados transitan gatos grandullones de cola peluda. El área cristiano-maronita es, por el contrario, discreta y tímida, más amiga de la limpieza, pero mucho menos vital: allí pueden verse todavía algunas de las casas de madera tradicionales de Siria, aunque en su mayoría atacadas por un proceso de destrucción irreversible.

La zona más elegante del zoco la ocupa la llamada calle Recta, que ya aparece nombrada en el Evangelio de San Lucas, con su exhibición rutilante de de joyería de metales preciosos y los bellos brocados bordados en hilo de oro. Y es allí cerca, casi en el mismísimo centro de la ciudad, sobre el basamento de un demolido templo romano, donde se alza el alma de esa piedra preciosa que, en Damasco, es la mezquita de los Omeyas, el templo más importante del Islam después de la Meca y de la Medina. Cualquier extranjero puede visitarla, al contrario de lo que sucede en otros lugares del Islam, como por ejemplo en Marruecos, pagando menos de un euro al cambio y con la sola obligación de descalzarse. Incluso se pueden hacer fotos en su interior si no hay celebración religiosa. El patio central concentra toda la serenidad que niega el ruidoso centro de la urbe.

En la noche, guiñan sus ojos los ventanucos de las chabolas nacidas como champiñones en las faldas del Casio. El furor de los cláxones se duerme y los dioses de arameos, greco-romanos, musulmanes y cristianos se echan a la calle a respirar un aire que corre en la misma dirección desde hace más de ocho mil años.

 

 

   
 
 

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